Puchica Juan Domingo


El Hogar de Juan Domingo

Un poquito más penca…

De niños teníamos una fama de ser tremendos, mi hermano y yo. No mi hermana Karen que desde chiquita podía dejar calladito a cualquier macho catracho, motivo por el que a través de una especie de ósmosis masculina la gran mayoría decidiera sin expresarlo no discutir con ella.

Pero si Liber y yo, a quienes Roberto Sosa siempre con la genialidad en la punta de la lengua nos había puesto de apodo “Paraniños” o “alias niños” según la noche, ya que nos las arreglábamos para ser el terror de los amigos de mi padre, sobretodo si ellos padecían de la indefensión de la borrachera, y nostros gozábamos de la impunidad de ser, pues, niños.

Tirar un paquete de cuetes en medio de un grupo de puetas dormidos.

Esperar tras la puerta, agazapados durante horas, para saltar a la espalda y jalár la barba de los pintores.

Subirnos al techo y quedarnos acostados en las tejas hasta dormirnos o hasta que pasara algún incauto escritor al cuál pudieramos aventarle bombas de agua, lo que ocurriese primero.

Puchica, Juan Domingo eras el único, creo, que sabía exáctamente como lidiar con el terror. Durante aquel tiempo en que te quedaste hospedado en la casa de la miraflores con nosotros, peléando todos el único sillón que había frente a la tele y que invariablemente ganaba el perro, Feo (que se tiraba cuan largo era en los cojines y se reía enseñandole los prístinos colmillos a todo el que pretendiera quitarlo) fuiste nuestro compañero de juegos, presentador de la risa, mago, Houdini, amigo.

Como Feo se apropiaba del sillón a los demás nos tocaba sentarnos en el piso a ver tele, jugando a apretar el boton de “mute” cada vez que Nasralla decía alguna tontería. Se apretaba mucho, ese botón. y mi padre, con ojo fino para la nobleza, declaraba que iba a salir en ruta probable a “La pájara pinta” y dejaba a Juan Domingo Torres, ahora con título de niñero, a cargo de nosotros.

Vos asentías con una sonrisa nerviosa, y después, cuando los adultos se habían ido y solo quedábamos nosotros los niños, con una enorme sonrisa cómplice.

Puchica Juan Domingo, me acuerdo cuando 20 y pico años después nos encontramos en aquella fiesta de graduación de unos compas de la pedagógica, yo ya creyéndome grandote y vos como siempre sabiendonos niños, y platicando me ayudaste a liberar las historias guardadas en la memoria.

Como la historia en la que mi hermano y yo agujereamos tu cama de agua, de lo que te diste cuénta al tirarte en una noche de mucho sueño y encontrarla convertida en un íntimo lago.

Como la historia en la que una plantita de propiedades medicinales que adornaba solitaria la mesa de la sala se quedó sin hojas, cortesía de Juana la Loca.

Como la historia del truco de Houdini, mago del que tanto nos hablaste y con la que finalmente controlaste el entusiasmo destructivo de los paraniños.

“juguémos” te decíamos, y sonriendo siempre sonriendo Juan Domingo inventáste el juego de Houdini “Consiste en lo siguiente” decías serio y emergiendo como el gran profesor que siempre fuiste mientras nosotros te observávamos expectantes “yo les voy a amarrar a cada uno en una silla, y el juego es que tienen que liberarse solitos, como lo haría Houdini”.

Así que nosotros pasabamos horas felices pero con el seño fruncido, concentrados en liberarnos de las ataduras, mientras vos Juan Domingo aprovechabas para tomar una siesta, comer algo, ver televisión al lado del Feo, carcajearte de cuando en cuando desde su cuarto.

Cuando finalmente lográbamos soltarnos, exhaustos, observabas con ojo crítico el estado de las sillas, los lazos. “Quieren jugar otra vez?”

Nos hiciste reír tanto, y años después cuando vos y yo nos encontrábamos en Bellas Artes, o caminando en el centro (compartíamos los dos la manía de andar siempre apurados), o en la pedagógica que insistíamos en seguir llamando “la superman” por aquello de los viejos y mejores tiempos, o rondando algún evento en el museo del hombre, o tropezando en alguna fiesta en la que ninguno de los dos estaba muy seguro de cómo había llegado, siempre siempre me hacías reir inmediatamente.

Puchica Juan Domingo, no importa cómo estuviera mi dia, no importa que fantasmas esqueletos en el closet pesadillas problemas graves o pequeños o reales o imaginarios o que puto calor estuviera haciendo o que puta tormenta estuviera cayendo o que carajos estuviera pasando con nuestro paisito, siempre me compartías un abrazo, una carcajada, un chisto fino, y me dejabas de buen humor por el resto de la semana. Siempre agradecía que no preguntaras por mi hermano, simplemente recordabas.

Había un poquito, casi indistinguible dejo de de tristeza en tu mirada.

Así que hoy cuando, tarde, empiezo a ver esos mensajes que dicen que ya no nos vamos a tropezar por ningun lado, me dejé caer sobre la silla, sin ganás de hacer nada más que recordarte. Me dicen que te están velando en Bellas Artes, y que te entierran mañana. Se va a quedar pequeña la escuela de pintoras, musicos y puetas con tanta gente que irá a decirte adios. Se quedará pequeña ante tu memoria.

También queda más pequeña, mas así como pueblito nuestra Tegucigalpa, nuestra Honduras. Un poquito menos divertidas, un poquitin más planas. Como dirías vos, más pencas, ligeramente más pendejas. Y luego la carcajada.

Se le va a arrugar un poco el corazón a mi padre Juan Domingo.

Yo no estoy seguro que quiera ir a tu velorio. A vos siempre te daban risa esas cosas y después de todo, no era justamente Houdini tu mago favorito? Seguro ya estás planeado como escaparte, como burlarte, como reirte, como emerger triunfante.

Pero puchica, Juan Domingo, me van a hacer falta tu risa y tu magia.

25 sept. 2010

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3 pensamientos en “Puchica Juan Domingo

  1. Muy bonitas anecdotas, los que lo conocimos, a los que nos dio clases solo imaginamos cada una de esas interminables historias y recordamos sus anecdotas de ser el pega pega de borrachos y ninos jajajaja. Descanse en paz Juan Domingo

  2. Juan Domingo Torres, mi querido amigo, se ha marchado para siempre. Aunque hace varios años no le veía, nunca dejé de admirarlo, porque Juan Domingo era un hondureño humilde, preocupado ante la injusticia y la marginación social que abate nuestro país, y a la vez, un hombre apasionado por el arte y la cultura nacional que ayudó a fomentar desde las aulas de su amada Escuela de Bellas Artes y un conocedor profundo de las enseñanzas de los grandes filósofos, convencido a tal punto que la filosofía de nada sirve en esta vida si no ayuda a curar el sufrimiento humano. Le conocí en San Pedro Sula y las pocas veces que nos encontramos en el transcurso de los años, siempre me dió muestras de su invariable amistad y simpatía. Descansa en paz, Juan Domingo, inolvidable amigo.

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